viernes, 14 de octubre de 2011

Capítulo 1: El despertar

"Cuantás veces, con el semblante de la devoción y la apariencia de acciones piadosas, engañamos al diablo mismo" Macbeth.

Al otro lado de la pared, la noche había caído con su manto de estrellas, y los insectos del bosque inundaban el ambiente con su música. Una ligera brisa con olor a pino se filtraba a través de la ventana mal cerrada y salía por la puerta. A su paso, las llamas de la chimenea danzaban temblorosas, sin calentar apenas el ambiente. Era una noche como cualquier otra. Y, sin embargo, algo la hacía diferente. El fuego era más tenue, los insectos sonaban más crueles, la oscuridad era más oscura. Y todo ello hacía que Eithan tiritara, escondido entre su colcha, hablando en susurros con su sombra.

-Entonces, ¿Cómo es ser una sombra?
-¿Cómo demonios quieres que lo sepa?- Replicó la sombra.
-Pues sabiéndolo. Es lo que eres, deberías saberlo, ¿No?
-Pero es lo que siempre he sido. No conozco otra cosa con lo que comparar. Para mí, esto es una vida normal. No está mal, supongo. ¿Y cómo es ser una persona?
-Es... No lo sé. Es normal.-Reflexionó Eithan- A veces es guay, otras es un rollo. ¿Cómo quieres que te responda algo así? Sólo tengo 8 años, no sé nada de la vida, o eso dice siempre papá...
-Tienes razón, eres un crío- Rió la sombra.
 Enojado, Eithan contestó
-Oye, tú también, ¿no?. Naciste a la vez que yo, así que tienes la misma edad.
 La sombra se mantuvo unos segundos callada, reflexionando sobre la pregunta.
 -Sí, supongo que sí, pero de alguna manera me siento como si fuese más mayor. Hay cosas que nadie me ha dicho, y sin embargo siempre las he sabido. La verdad es que no lo entiendo...

Un pesado silencio calló sobre ellos, mientras cada uno se hundía en sus propios pensamientos. Era imposible saber qué ideas perturbaban a la sombra, tan impasible como siempre. Eithan se arrebujó aún más en sus sábanas, sentado con las piernas cruzadas sobre su colchón de paja. Las llamas de la chimenea bailaban, agitadas por el viento. Él observaba a su sombra, meditabunda, un reflejo permanente de él mismo, mientras cientos de preguntas sin respuesta se agolpaban en su mente.
Unos minutos después, Eithan reunió valor, se acercó un poco más a su compañera, y susurró:

-¿De verdad puedes... ya sabes... convertirte en la otra sombra... la de mi simtropos?
-Sí... y se pronuncia "syntrofos". Y no será eso hasta que os acepteis mutuamente en un ritual, y muchas veces eso no llega a pasar jamás. -Contestó, esquivando la pregunta.
-Bueno, pero puedes hacerlo, ¿no?. Quiero decir, tomar su forma. Para que yo sepa cómo es, y todo eso. ¿Podrías?
La sombra se agitó, algo incómoda.
-Bueno, sí... si me concentro, no debería tener ningún problema.
Un nuevo silencio incómodo se apoderó de ellos. Su sombra trataba de apartar la mirada, ocultándose. El chico suspiró, cansado.
-Bueno, pues hazlo, quiero verlo.
-Es que, no sé... tengo la sensación de que no es una buena idea. Tal vez deberíamos dejarlo, esperar a tener un tutor delante...
-¡Oh, venga, no seas gallina! Sólo será un momento, además, ¿Qué puede pasar?
-Sí, supongo que sí... ¿Qué puede pasar?
Hubo otro silencio más. Pero este fue corto.
-¡Bien, hagámoslo!  Tienes que saber algunas cosas. La primera, yo no sé qué aparecerá, y puede ser cualquier cosa. Así que luego no me vengas a mí con quejas de que no te gusta tu prorismos. Lo que salga, es lo que toca.
-¡De acuerdo! De todas formas, seguro que sale un león súper valiente, o un dragón enorme.
-Tonto, los dragones no tienen sombra. Y, lo siguiente. Mientras yo no esté, podrás hablar con la sombra de ese otro ser. Te parecerá que soy yo, porque, al fin y al cabo, somos iguales, pero no lo soy. Así que me lo tendrás que contar todo cuando vuelva, ¿vale? Y no te alargues mucho...
-Sí, sí, muy bien. ¡Ahora hazlo!

Ambos se colocaron con las piernas cruzadas, y las manos sobre las rodillas, concentrados. Su respiración se aceleró, excitado. Eithan miraba expectante a su sombra, esperando a que ocurriera algo. 
La sombra comenzó a titilar y a encogerse, lentamente al principio. Finalmente, el chico quedó solo en la habitación, mientras los sonidos del bosque se iban apagando uno a uno. El viento comenzó a soplar más fuerte, y sin embargo parecía no producir el más mínimo ruido. Las llamas de la chimenea se apagaron, dejando como única luz la de la luna y las estrellas que se filtraban por la ventana. 
La habitación comenzó a parecer más oscura, y un escalofrío recorrió la espalda del chico. De repente, a la luz de los astros, dos nuevas luces aparecieron mientras una gran masa negra se extendía desde los pies de Eithan, arrastrándose, tanteando, cubriendo la mayor parte de la habitación. Dos destellos amarillos le miraron fijamente. A Eithan. A su interior. Un sudor frío recorrió su espalda, mientras observaba como la oscura masa informe crecía sin control. 
La masa alcanzó la ventana más próxima al camastro. Los cristales estallaron con un ruido sordo, hacia fuera. Cuando los bordes de aquella sombra alcanzaron la chimenea, se prendió de nuevo, pero esta vez con unas llamas verdes con olor a azufre. Al alcanzar su pequeño armario, se hizo pedazos, haciendo saltar sus escasas prendas por toda la habitación. Un jirón de sombra se extendió hasta el techo, y el crujido fue tan terrible que, por un momento, Eithan temió que la casa entera se derrumbaría. Finalmente, cuando la sombra casi había alcanzado los bordes del cuarto, detuvo su avance, aún con una forma sin determinar. Y aquellos dos ojos color ámbar seguían fijos en Eithan, que temblaba, muerto de pánico.
Finalmente, el chico reunió el valor para preguntar, con voz ahogada:
-Hola... ¿Cómo te llamas? ¿Eres la sombra de mi prorismos? ¿Qué... qué eres?
La única respuesta fue un gruñido gutural. Un gruñido que parecía provenir de lo más profundo de las entrañas de la tierra, seguido de un rugido atronador. Eithan pudo oir como la casa despertaba a su alrededor. Todos sus habitantes se despertaban sobresaltados, preguntando qué era ese sonido. Pero también aquella cosa lo oyó. Comenzó a adquirir forma. Lo que podría considerarse la cabeza se extendió hacia el extremo opuesto del dormitorio, mientras decenas de tentáculos surgían a su alrededor. Se elevaron hacia el techo, sin quedarse en 2 dimensiones. Eithan oyó un chillido. Había sido él mismo, sin siquiera darse cuenta de que había abierto la boca. ¿Cómo podía aquella cosa tocar y romper cosas? ¿Porqué tenía tres dimensiones?. No tuvo tiempo de seguir realizándose preguntas. Las extremidades de aquel ser de pesadilla se abalanzaron por la ventana y la puerta. Una vez desaparecieron entre ruidos viscosos y repugnantes, un silencio y una tensión casi palpables llenaron la casa. Después comenzaron los gritos. Todos los residentes gritaban al pleno pulmón, conscientes de lo ocurrido. Eithan podía distinguir las voces de su padre y su madre. De su hermano. Incluso de su abuela, chillando. Su voz se unió a la de sus familiares, mientras se acurrucaba hecho un ovillo a los pies de la cama, tapándose los oídos para no tener que seguir soportando aquella tortura. Se rodeó las piernas con los brazos, y lloró, deseando que todo fuera una pesadilla. 
Así pasó la siguiente media hora, escuchando los gruñidos y rugidos de la bestia y los chillidos de su familia. Por fín, todos los sonidos se apagaron. Sólo persistía aquel ulular viscoso que surgía de la masa informe que se suponía que era el único ser del mundo entero igual que él. Se odió a si mismo, por ser un monstruo. 
Pudo sentir aquellos tentáculos rodeándolo, acercándose a él. Se encogió aún más y sollozó, esperando su muerte.
Eithan no supo cuántas horas pasó allí, seminconsciente, acunándose y sollozando en la más completa oscuridad, hasta que una voz se le acercó susurrando:
-¿Eithan? ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?
El muchacho alzó poco a poco la cabeza del suelo, con la mirada perdida. A su alrededor, el cuarto había quedado destrozado. De su cama no quedaba nada, los cristales de la ventana inundaban el suelo, y manchas de sangre pintaban el suelo y las paredes, como única prueba de la orgía de muerte que se había producido allí. Después miró a su sombra, que le devolvió una mirada de preocupación. Y, con una voz apagada y triste, susurró:
-¿Qué ha pasado?... Que los he matado a todos. Los he matado con mis propias manos. Porque soy un monstruo...

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Eithan despertó jadeando de su pesadilla. Se arrancó de encima los cartones que habían sido su lecho esa noche, y se acurrucó en un rincón del callejón. Se pasó una mano sudada y temblorosa por el pelo, tratando de aclararse las ideas, repitiéndose que aquello sólo era una pesadilla. Y ojalá sólo hubiera sido eso. Pero también había sido su octavo cumpleaños, hacía exactamente nueve años. Feliz 17 cumpleaños, Eithan.

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