"Diario de investigación. 11 de noviembre del año 654 de la Era Gloriosa. Pueblo de Estartos. 23:41 PM.
Continúo tratando de avanzar en mis investigaciones sobre las sombras, sin éxito. Esta semana he decidido dejar de lado mis expectativas sobre el futuro para indagar en el pasado. Me he remontado a los informes más antiguos que he podido encontrar sobre el tema, incluso he leído los trabajos más básicos, una pérdida de tiempo para alguien de mi nivel. Y lo que he hallado es increíble. Nada. No he hallado absolutamente nada que no sepamos hasta el más inculto de nosotros desde que nacemos.
Creí que me estaba volviendo loca, así que, para asegurarme de cuán básicos son los conocimientos de los cientistas en este tema, leí todos los trabajos, tratados y ensayos que pude encontrar de niños con un rango de edad entre 8 y 12 años. Y, a pesar del terrible léxico, lograron explicarme lo mismo que las investigaciones de los mejores cientistas de nuestro tiempo.
Las sombras de los seres vivos pueden hablar. Tienen su propia personalidad. Son nuestros mejores amigos desde que nacemos. Compartimos con ellas todos los momentos de nuestra vida, los buenos, los malos, los vergonzosos, los inmencionables. Pero no son sólo nuestras. En algún lugar del mundo existe otro ser vivo con la misma sombra. O, más concretamente, una sombra con la misma personalidad. Y, según las teorías, ese otro ser vivo es el más afín a tí en todo el planeta. Incluso si sólo es una planta de jardín.
Si logras encontrar a ese otro ser vivo, y vuestras sombras se cruzan, si lo aceptas en lo más profundo de tu corazón, vuestros destinos y vuestras mentes quedarán ligadas hasta la muerte. O esas son la clase de explicaciones cursis y débiles que he tenido que soportar leer esta semana, a falta de una explicación racional. Sé que tiene que haber una explicación a estos fenómenos paranormales, tan comunes en nuestra vida diaria. Tal vez soy insensible a esas baratas pusilerías que se hacen pasar por verdades irrefutables porque jamás he tenido una sombra. Cuando nací, murió mi syntrofos. Jamás pude encontrar una amiga en mi sombra, ni tampoco fuera de ella...
He de admitir que, hace 3 días, a pesar de mi elevado coeficiente intelectual y mis nervios de acero, sufrí un episodio de locura. Vivimos en un pueblo, si es que se puede llamar así a 3 construcciones, una de ellas usada únicamente como almacén, situadas a 430 kilómetros de la "civilización". Pero es el precio que debemos pagar por llevar a cabo estas investigaciones, tan censuradas en los últimos tiempos. En el equipo inicial éramos 4 cientistas motivados y deseosos de realizar grandes hallazgos, 2 de ellos con syntrofos, y un viejo barbudo que decía conocer la zona. Al inicio de esta semana, sólo quedábamos 2. El resto habían caído devorados por el frío de Nivalis o por las bestias salvajes.
Pero, como decía, la soledad y la reciente escasez de suministros generó en mí un ligero brote psicótico. Desesperada por realizar algún avance o por lo menos comprobar los datos tan poco fiables de los que disponíamos, sometí a una serie de pruebas al syntrofos de mi único colega restante. Era un buho del norte, al que había conocido hacía 3 años en una incursión a los picos Everdens. ¿Por dónde iba?. Ya recuerdo. Recurrí a métodos poco éticos y menos ortodoxos a su pájaro mascota, para averiguar hasta donde llegaba su conexión mental. Pude ver a mi colega, Terry, retorcerse de dolor encerrado en la habitación contigua. Pero yo deseaba conocer los límites exactos de esa conexión. Por eso, y no por otro motivo alejado de mi afán de descubrimiento, aplasté la cabeza del buho contra el pilar maestro de la sala. Cuando solté el cadáver del animal, pude comprobar que Terry también había fallecido de un ataque cardíaco. Tras 3 horas de autopsias, sólo obtuve resultados inconcluyentes.
Pero esto es un diario de investigación, y no debo alejarme de su propósito original. El único hecho remarcable que he descubierto es que, a pesar de mis esfuerzos por remontarme a los documentos más antiguos, no logro encontrar nada anterior a hace 200 años. Me desesperó este sencillo concepto. Incluso recurrí a la palabra escrita no racional: Poemas, novelas, cuentos y otras obras literarias de escaso interés para una mente privilegiada como la mía. Y nada. En ningún documento escrito anterior a 200 años se nombra las sombras. Me sentí desfallecer y, anoche, una vez más, los nervios me superaron. Pasé la noche en vela hablándole a mi sombra, gritándole que me dijera la verdad, su origen, su razón de existencia. Pero, como toda sombra muerta, simplemente se mantuvo allí, impasible, burlándose de mí...
Oigo pasos en el exterior. Tal vez es mi imaginación que, en la soledad de la fría noche, continúa jugándome malas pasadas. Pero no puedo arriesgarme. Por eso, en futil intento de que mis investigaciones sean conservadas, guardo este diario en una botella y lo arrojo al río, deseando que alcance alguna clase de civilización. Tal vez mi mente ha enloquecido por completo y la locura me ciega. Eso explicaría porque siquiera intento algo tan estúpido, que va en contra de todos mis conocimientos racionales. Pero, ahora mismo, cualquier intento de conectar con un posible mundo exterior me parece lógico. Tal vez debería suicidarme...
Están aquí. Yo no estaba equivocada. A veces, la paranoia es la mejor herramienta..."
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