Cuando consiguió reponerse de la pesadilla, recogió sus escasas pertenenciaas, repartidas por todo el callejón, y se puso en marcha. La brisa de la madrugada aún era fría, así que se caló una capa negra larga de lana sobre los hombros y salió de la callejuela.
A pesar de la temprana hora, la vida en el puerto ya había comenzado. Los barcos ya navegaban mar adentro, y los mercaderes montaban sus puestos entre alegres tarareos de melodías pegadizas. Los hombres de las aduanas corrían de un lado para otro, ya agobiados a primera hora de la mañana. Todo ello se encontraba rodeado por la peste del pescado y el olor dulzón y penetrante de los exóticos productos de los tenderetes; por los gritos de los contramaestres y de los vendedores más rápidos, que anunciaban sus productos a los aún escasos clientes. Un par de nobles recorrían la zona, esperando a su hora de embarque, con la cabeza alta, añadiendo así el ruido de sus vainas mal abrochadas repiqueteando contra sus musleras al resto de ruidos metálicos de herramientas y cuchillos.
Eithan se hundió aún más en su capucha, atolondrado por la cacofonía que le rodeaba, y deslumbrado por la brillante luz del sol de la mañana que bañaba todo aquel espectáculo. Con mala cara, echó a andar entre las tiendecitas, curioseando las baratijas. Los que aún preparaban los puestos tropezaban continuamente con él, insultándole:
-Aparta de en medio, sólo estorbas -Le gruñó un pescadero. Y su sombra le gritó:
-¡Eso, atontado, algunos intentan trabajar!
Eithan y su sombra les ignoraron, continuando su paseo sin rumbo. Hacía ya 9 años que comenzó su paseo. Y aún no sabía adónde ir. Buscaba respuestas. Buscaba razones. Buscaba venganza. Pero no sabía dónde encontrarlas.
Cuando, en su octavo cumpleaños, aquel monstruo de pesadilla mató a su familia, un velo cayó sobre sus sueños e ilusiones infantiles. Una semilla se plantó en su interior, y creció arrancando las raíces de todos sus demás anhelos. El odio, la venganza y el remordimiento eran ahora su vida. Y pensaba saciarlos algún día.
Pasó unos años en su pueblo natal, viviendo a costa de los vecinos. Pero en cuanto pudo, huyó de allí. Nadie lo echó de menos.
Siguió avanzando por el puerto, divagando entre sus pensamientos, hasta que se encontró fuera del mercado, en la zona de embarque. A su izquierda, el mar destelleaba, lleno de pequeñas embarcaciones pesqueras. A su derecha, filas y filas de almacenes de productos y tabernas mugrientas se apiñaban en el mínimo espacio posible. Pero los pensamientos de Eithan volaban en otra dirección.
Su sombra, Ferox, reclamaba su atención:
-Oye, Eithan, ¿adónde vamos?
Él miró a su alrededor, despistado. No recordaba haber llegado allí. Cuando iba a responder vio, de reojo, a dos hombres salir de un almacén de piedra antiguo. Llevaban las mismas ropas, y unas espadas curvas que llamaban katanas colgadas a la espalda. Miraban disimuladamente hacia ellos, cuchicheando. La gente que pasaba por aquella zona caminaba rápido, con la cabeza gacha y tratando de apartarse de ellos.
Eithan los conocía. Eran los Señores del Azar. Una mafia que controlaba todo el juego y todas las apuestas de la ciudad. Si dos niños tiraban una piedra a ver cuántas veces botaba en el agua, ellos estaban allí para recoger las apuestas y su parte de los beneficios. Y los almacenes del puerto eran su cuartel principal. El chico giró, tratando de aparecer despreocupado, alejándose hacia el muelle de embarque. Sus pasos repiqueteaban contra el suelo de madera, elevado mediante postes sobre el mar. Trató de ocultar el rostro y mezclarse entre la multitud, rogando que no le hubieran reconocido.
Los dos forzudos se pusieron en marcha, siguiéndole a una cierta distancia. La gente les abría camino, temerosos, impidiendo a Eithan ocultarse. Aceleró el paso y empezó a tomar caminos secundarios, tratando de escapar. Fue en balde. Escuchó un susurro casi inaudible de su sombra, alarmada:
-Eithan, nos siguen. Tienes que escapar. ¿Por qué tuviste que acumular tantas deudas?...
Eithan gruñó y giró a la izquierda, desorientado. Se encontró subiendo a un pequeño barco de modelo oriental. Se camufló entre los porteadores, bajando a la bodega. En cuanto oyó las rudas voces de aquellos tipos en cubierta, saltó al primer camarote que vio, cerrando la puerta a sus espaldas. Se apoyó en ella, resoplando. Haría tiempo allí hasta que se fueran, y después saltaría de vuelta a tierra.
Pero del interior le llegó una voz nerviosa y mandona, diciendo:
-¿Quién demonios eres tú?
Jajajajaja que manera de encontrase. le da un toque de humor a la historia. Bien pensado. esto se pone cada vez mejor.
ResponderEliminar¬¬ acosadorrr... XD not bad.
ResponderEliminarMe ha gustado mucho tu relato. Lo de hablar con las sombras es algo que de verdad me ha enamorado, quizás incluso más que lo de que se puedan transformar...
ResponderEliminarEstoy impaciente por leer el siguiente capítulo. ;)